Hasta hace poco, mi planeta era un planeta desierto.
No había agua, apenas oxígeno, nada de esperanza. El paisaje era yermo, la arena se apoderaba de cada resquicio entre las rocas. Vivía escondida en mi cueva, guardando mis debilidades; porque si alguien las descubría, estaba perdida, quedaba expuesta al exilio y a la humillación.
Había una ley que regía el destino de mi planeta:
Yo no tenía derecho a ser feliz ni a creer que los demás pudieran ser felices. Porque en mi planeta la felicidad no existía. No tenía derecho a ser como era, allí en el fondo.
Debía olvidar(si es que alguna vez se me ocurría recordarlo) que una vez, cuando aterricé en el mundo, nací con todo el derecho a existir, a la felicidad, a elegir mi destino, a desarrollar algo que cada ser trae a este mundo y que lo hace único.
Al principio recuerdo que me rebelaba. Protestaba porque este planeta era muy pequeño para mí, no estaba de acuerdo. No entendía el porqué tenían que ser así las cosas.
Recuerdo también que poco a poco, la arena del lugar invadió mi rebeldía. Los gritos y las protestas se me quedaron dentro y entonces empezó un proceso que yo creía irreversible: Todo aquello que la arena ahogaba en mi garganta antes de que se materializara en grito hacia el exterior, empezaba a alimentarse de mí, de mi sentido; yo, empezaba a ser alimento para mi planeta.
Las pequeñas lagartijas tan diminutas que yo adoraba dejaron de sorprenderme en los agujeros de las rocas y con ellas desaparecieron mis casi últimos deseos de respirar.
Todo indicaba que yo estaba destinada a ser una pieza callada más en mi planeta, ninguna queja, mi cabeza se había doblegado y mis ojos sólo veían el siguiente cúmulo de arena que tenía que atravesar hoy.
Pero un día, un inesperado día, mi nariz captó un suave olor a tierra húmeda. A bosque, a setas recién creadas.
Y levanté la mirada, no vi nada diferente y sin embargo, algo había pasado. Una especie de desazón empezó a recorrerme el cuerpo, no me atrevía a mirar alrededor, no fuera que me vieran diferente y me expulsaran de allí.
Mientras mis pies seguían mecánicamente, paso a paso, hendiendo la arena, mis pensamientos y mis sensaciones empezaron a despertarse.¡Algo estaba pasando!
Al principio fue un aire suave; poco a poco, este aire se convirtió en un viento que empezó a barrer la arena.
Tenía miedo, mi planeta se desmoronaba, grano, a grano y sin embargo...ese olor a tierra húmeda, me recordaba algo que era maravilloso, dolorosamente maravilloso.
Después vino la lluvia, agua sobre las dunas, agua sobre mi cabeza, lluvias torrenciales que lavaron el aire, que lo llenaron de iones negativos. Dolía respirar el aire tan limpio, sin arena.
Y pasó el tiempo, y del fondo del desierto empezaron a brotar los colores, los olores.
Cuando levanté mi mirada de nuevo, lo que contemplé, me hizo temblar: Los rayos suaves de algún sol, se colaban entre las anchas ramas de los árboles de aquel bosque.
Al contemplar aquello, supe - no sé si fueron las hojas, el barro o los pequeños brotes verdes que me lo dijeron-que la ley que regía hasta entonces mi planeta, estaba cambiando. Algo había escapado a su control. Había una grieta en su razonamiento y a través de ella yo veía todo aquello, que sin saber muy bien por qué, me recordaba a algo muy lejano, pero tan cercano a la vez que sólo podía reir o llorar o gritar y con cada grito que brotaba,recuperaba algo de lo que aquel
inhóspito planeta me había robado.
Cada vez que aparecen zonas desérticas en mi planeta, tengo que recordar que la lluvia es agua y que el agua es promesa de vida y que existe; y cada vez que recuerdo esto, el desierto va atrás.
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